Llorar hasta hartarse. No llorar. Querer llorar y decidir no hacerlo. Poder llorar con facilidad. Pensar y llorar. Llorar sin pensar. Agua salada. Desliz de una gota. Mejilla mojada. Llanto.
Todavía no ha pasado. No ha querido que pase. No espera nada. Un camino estrecho y húmedo hasta la comisura de los labios. Salado. Incluso agradable. Pero era mejor la sal de las palomitas. Sólo había que pagarlas y pedirla: a parte, por favor. Y repetirlo hasta que lo entendieran. Cuesta entender el habla de los incompetentes sentimentales. Sólo las enamoradas pueden. Bien, no siempre. Ella ponía sus esfuerzos y al final, como si de toda la vida.
Una enamorada enamorada, con sus recuerdos sobre el amor. Lo que entendía por amor y lo que había aprendido. Poco, para ser sinceros. Recuerda una imagen de una pareja besándose, como fondo para entablar conversación con un chico que le gustaba. No fue idea suya, fue de él. Su corazón latía esperando a que empezara la acción: la pasión. Y llegó en forma de tardes enteras de invierno metidos en su cuarto.
Otro hombre, de otro recuerdo, le acariciaba las piernas, los muslos, acercándose peligrosamente al sexo. Ella se volvía de mantequilla, dilataba sus conductos y se preguntaba qué sería esa sensación, de miedo y deseo indeseado, difíciles de controlar. No era lugar para ir a más, por encima de la ropa y en compañía de amigos.
Pero, ¿qué fue de aquel chico escuchimizado que prometió tanto durante un tiempo? Aquella escapada loca que terminó en abrazos largos, apretados y suaves a la vez... Aquellas palabras que tomaban valor por la fuerza de voluntad que se ponía en ellas. Linda. Increíble. Sueño. T'estimo. La sensación de ser alguien para alguien.
Y dos viajes veraniegos que pudieron ser y no fueron. El chico que la hacía reír. El chico que más deseo demostró hacia ella. Miradas fijas. Intenciones claras. Amor por doquier. Compartieron un helado en un banco frente al mar. Y las gaviotas merodeaban la zona, con gracia. Un sol precioso que daba calor a sus corazones. También a los turistas. A toda Barcelona. Aquella noche no dejó de besarla: nuestro primer beso. Una y otra vez.
Aunque el recuerdo más disparatado que guarda es el que le ofreció aquel chico antiprototipo para ella. Pero guapo. Rubio y con ojos azules. Un hombre con voz desganada pero joven y atractiva. Un seductor con una mirada capaz de desnudar a cualquiera. Existía una incompatibilidad de personalidades evidente. Sin embargo, no puso fin a aquella historia hasta que se vio metida en su coche y le hizo una proposición sexual. Eso sí, se quedó con algo que le dijo cuando la conoció: Me gustas porque eres una mujer que piensa. Hasta cuando besas, piensas.
Sabe que no son muchos recuerdos, pero los conserva en compañía de todas las sensaciones que le produjeron. El frío o el calor según la estación. La actitud según la experiencia.
El último chico. El de las palomitas. Nada que decir sobre él. Simplemente, pensó que era él. Lo pensó y creyó firmemente durante unos meses, con fluctuaciones después. A ratos. Por momentos. Momentos de todo tipo. Dudas. Certezas. Una relación. Su primera relación. La suma de todas sus preferencias en un hombre, un horror para su salud y para sus expectativas reales. El amor duele. Empezando por la incomprensión, pasando por la negación de negociación y terminando en un: se ha acabado.
El mundo está lleno de incompetentes sentimentales. Todos lo somos, lo hemos sido o lo seremos alguna vez.
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¿Llorar? Mejor escribir.
