Le brillaban las uñas. El día anterior se las había pintado porque tenía que verse con su chico. Siempre le había gustado lucir natural y eso era lo que pretendía conseguir con aquel esmalte transparente. Aquel día no iban a verse, pero no por eso iba a dejar de pensar en él. Todavía no podía creerse que el amor hubiese llegado a su puerta. Pero sí, lo que estaba claro es que así era, después de todo.
Sin embargo, esta chica siempre se caracterizó por sus inseguridades, y... Para una vez como ésa, no iba a hacer ninguna excepción. Ahora tenía más miedo que nunca. La belleza es placentera y gracias a ella resistimos en este mundo, pero también es relativa y nos hace sufrir. Y era precisamente eso lo que le preocupaba, ser menos, ser desagradable, tener un cuerpo deforme, ser fea.
Quizás ciertas evidencias le indicaban que el muchacho se sentía físicamente atraído por ella pero, ella también tiene ojos en la cara y sabe perfectamente la de bellezas que pasean por las calles, luciendo sus melenas y cuerpos estilizados, bronceados o no, más o menos esculturales. Se convirtió en una detectora de bellezones, y estaban por todas partes, demostrándole a aquel chico que, la compañía que había elegido, no le llegaba ni a la suela del zapato a muchas de las mujeres y chicas que uno puede ver con facilidad cuando sale a dar una vuelta o a tomar el aire.
Aquella chica no iba a aprender con facilidad que de verdad la querían.
