"Nueva entrada", indico. Estoy comiendo un par de bellotas que tenía en el primer cajón de mi escritorio, dentro de una bolsa de plástico. ¿Qué hacían allí? Pues bien, resulta que una tarde como cualquier otra, llegó mi padre con una bolsa llena de ellas. Habían quedado casi olvidadas en un armario de la cocina, pero en cuanto se me antojó algo para picar, recordé que allí seguían. Recuerdo cuando las probé por primera vez, con bastante curiosidad, esperando saborear algo así como una almendra muy gorda o tal vez como una avellana. Pero no fue así. Su sabor era algo extraño en un comienzo, un regusto poco propio de los frutos secos. A medida que la masticaba iba apreciando su sabor y mi conclusión final fue que me gustaban. También me parecieron algo más blandas que un fruto seco normal. Sentí pena de los pobres cerdos que se pasan la vida comiéndolas.
Las probé aquella vez que las trajo mi padre y también otra para confirmar que me habían gustado. La tercera vez ya decidí llevarme unas cuantas a mi cuarto, en una bolsita. Me comí unas cuantas y me dejé dos. Dos que quedaron por encima de mi escritorio hasta que las guardé en el cajón del que ahora las he sacado. Lo cierto es que no he ido a por ellas porque me apetecieran. Me las he encontrado por causalidad cuando buscaba un bolígrafo B (de "plan B") con el que pasar apuntes. Porque (¡cosas de la vida!) cuando he ido a por mi estuche que esperaba encontrar en la mochila; no estaba. ¡No estaba! He mirado bien. He mirado bien mil veces. Todos los bolsillos. Una y otra vez. Pero nada. ¡Nada de nada! Me lo había dejado por ahí. Sólo se me ocurre un lugar dónde me lo he podido dejar, pero vete tú a saber si seguirá allí, si se ha topado con un alma caritativa y de buen corazón o con un gamberrete aprovechado. Y no digo esto porque aprecie mis cuatro bolis y sea una desconfiada (que también), sino porque allá dentro también había un USB (el de la universidad, para más inri).
No hay problema. ¿Seguro que no está en la mochila? ¡No, no y no! Simplemente he aceptado que hoy no ha sido mi día y que se me ha ido el santo al cielo. Espero poderlo encontrar mañana y si no es así, ¡qué le vamos a hacer! Sólo era un estuche negro que tengo (tenía) desde hace cinco o seis años. Sólo eran unos bolis que, que... ¡Qué más da! Soy una sentimental y cada objeto que poseo forma parte de mí y perderlo me sabe muy mal. Eso es todo.
A pesar de este día desastroso, sin ser consciente todavía de mi pérdida, tenía la intención de repasar las cosas buenas que me habían transcurrido hoy antes de irme a dormir, en mi cama, antes de cerrar los ojos. Pero ésto ya me impide cualquier visión optimista. Mi estuche... Qué tonta me he sentido cuando he imaginado a alguien encontrándolo y preguntándose qué idiota se lo habría dejado allí. Si lo pierdo definitivamente: borrón y cuenta nueva. Estuche y bolígrafos nuevos = vida nueva. Qué bien se me dan las matemáticas a veces. No para estadística, que sin ser mates puras no hay Dios que la entienda. Muy posiblemente sea yo la negada, la desconfiada y la pesimista.
Pero eso sí, las bellotas me las he comido. Y si no bebo agua me atraganto.
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