sábado, 26 de marzo de 2011

Sueño de vías, ferrocarriles y tú

Cogimos el tren. Un tren nuevo pero que recordaba como rutinario. De toda la vida. Otro día más lo cogíamos juntos. Algo extraño pasó entonces. El tren avanzó un poco y se detuvo. Tú bajaste a tomar el aire, en el exterior, justo enfrente de la boca que separaba la estación cubierta del comienzo del camino de vías. Había plantas y hacía un sol extraordinario, un clima perfecto de primavera. Parecía que tenía sentido abandonar el tren, por eso no vi raro que bajaras del vagón momentáneamente, antes de que volvieran a arrancar. Era como si el tren tuviera problemas de última hora. Todo eso es lo que parecía, pero el tren arrancó. Y yo, que me encontraba dentro, vi como me alejaba de ti sin remedio. Vi como me separaba de ti como si el viaje hasta la siguiente parada tuviera que ser eterno. Como si nunca jamás fuera a reencontrarte. Te echaba de menos mientras te veía pequeño. A lo lejos. Tu cara de preocupación me lo dijo todo. Mi corazón me dolió y me sentí asustada. Menuda exageración.

Tenía que aceptar que durante un tiempo indeterminado, no te iba a ver. ¿Cuánto tiempo tenía que pasar? La situación podía ser desesperante. No recuerdo qué hice entonces. Creo que, después de darme cuenta de lo locamente enamorada que llegaba a estar de ti, me senté a esperar la siguiente estación, donde iba nuevamente a esperar a que vinieras. Y eso hice. La siguiente estación daba al exterior, el día no había cambiado, pero ya no me parecía tan bonito como antes. Creo que durante unos instantes no me acordé de por qué me bajaba si yo tenía que seguir con mi recorrido. Mi mente está loca en este tipo de situaciones. Pero caí enseguida en la cuenta. Te esperaba a ti. Lo curioso es que, tan dramático que me había llegado a parecer todo aquello, se solucionó de una forma muy sencilla. El siguiente tren llegó y en él ibas tú. Volví a estar contigo y me olvidé de haberme olvidado por unos instantes. Me olvidé de haberme visto forzada a ser fuerte, sola. Me olvidé del dolor que había sentido mi corazón al perderte. Te tenía conmigo.

domingo, 6 de marzo de 2011

Quien no lo entienda, que me mande un email

¿Este es otro de estos textos en los que nadie entiende nada? Sí, de esos en los que el autor pretende difundir un mensaje pero, es difícil interpretarlo. A menudo una enorme metáfora llena de metáforas más pequeñas que tienen demasiado que ver con la personalidad del escritor. Y yo qué sé en qué estabas pensando cuando escribías todas esas líneas. ¿Crees que tengo tiempo para pensar y reflexionar sobre formas tremendamente subjetivas de ver el mundo? ¡Quiero entretenerme un rato leyendo, no jugar a los detectives! Si quiero adivinanzas, las busco por internet y san se acabó.

No se puede decir algo así. ¿Tú sabes el desahogo que provoca poder escribir sobre lo que te da la real gana, sin preocuparte por si los demás lo entenderán? ¿Acaso tienes idea de lo original y fascinante que resulta, para la mente humana, crear historias fantásticas y sensacionales que en realidad hablan de algo totalmente cotidiano? ¡Es una forma más de arte! Y te aseguro que no apreciarlo te coloca en un lugar poco intelectual.

Pues que esas gentes escriban para ellas mismas. Yo necesito saber de lo que me están hablando, si no me pierdo, me agobio. No soporto no entender las cosas. No soporto darle vueltas a lo mismo sin dar con la solución. Realmente odio no ser lo suficientemente capaz de dar con el tema auténtico sobre aquello que estoy leyendo. Este tipo de lecturas inducen a pensar que eres tonto. Y yo, no es por nada, pero no soy tonto. Así que más les vale ser un poco más claros o, al menos, que no hagan ver que si no logras entender nada, sea porque tienes una imaginación precaria y una ordinariez que te impide ver más allá de tus narices.

"Esas gentes" necesitan expresarse a su manera. Igual que tú tendrás tus formas, ya sea escribiendo o no. Ahora mismo has expresado una opinión sin ningún tipo de problema, aunque yo te la esté debatiendo. En realidad no es que esté totalmente en contra de lo que dices. De hecho, yo también me he sentido bastante idiota al no ser capaz de entender un mensaje, por muchas vueltas que le daba. Pero, ¿sabes una cosa? A veces la explicación es algo tan sencillo que puede que lo hubieras pensado y a su vez descartado por creer que era demasiado simple para ser verdad. Así que no te abrumes, a todos nos puede costar algo, pero lo que importa de verdad es saber apreciar el modus operandi, el estilo, la forma, la personalidad y al final, el mensaje que pretende hacernos llegar.

Una buena solución sería colocar una explicación lógica y en cristiano, de lo que se ha querido decir en el tan complejo e íntimo texto. Seguro que muchos dirían: ¡Ah! ¡Cuando decía esto, se refería a aquello! Y yo pensando que se trataba de eso otro... No había entendido ni la misa la mitad. Que resulta que he entendido el texto al revés, vamos. Por mucho que aprecies el maldito texto por sus formas, creo que llega un punto en el que no sabes si el texto es bueno porque no lo entiendes o porque realmente lo es. Quizás te encuentras que no entiendes ni papa y dices: ¿Soy tonto o este texto es una mierda?

Pues eso habrá quienes lo sepan, yo no te lo sabría decir. Lo que sí te puedo decir es que si algo te gusta, te gusta; y no importa que sea bueno o no. Tienes que verlo así, aunque no logres entenderlo o se te escapen expresiones, si en su conjunto te agrada y te invita a continuar, nada tiene que impedírtelo. Supongo que otra forma de decirlo es que te dejes llevar. ¿Quien te va a juzgar por tener unos determinados gustos? Un idiota, puede ser. ¡Entonces no hay nada que perder!

Puede ser. ¿Y qué me dices de mi solución?

Creo que perdería toda la gracia. Creo que incluso el arte se iría a tomar viento. Si el autor hace eso, está desvelando su secreto de cocina, una de sus mejores recetas. Nadie quiere ser imitado o tener un mal doble que pueda sobrepasarte. No estamos hablando de un pasatiempos donde tienes las soluciones en la misma página y bocabajo. Sabes perfectamente lo que ocurre en estos casos: tienes ansia por conocer la verdad e inevitablemente echas un vistazo. Se podría decir que saber que puedes consultar la solución cuando quieras, hace que pienses menos por tu cuenta acerca de ésta. Te rindes demasiado fácil y créeme que disfrutas menos del juego. Pues estoy seguro que se trata del mismo ejemplo, pero aplicado a la lectura, al arte, al mundo de la expresión.

Tus palabras me han hecho pensar en una metáfora: viajar en tren sin conocer tu destino. Tus vas viendo el paisaje y éste te encanta, no sabes adonde vas ni te importa, porque crees que será un buen lugar si el camino que hay que tomar para llegar tiene esas características. Si algún tramo no te gusta, siempre puedes continuar para probar suerte o bajarte en la siguiente parada. ¿Entiendes?

Perfectamente y además te diré que esto es lo que hacen muchos escritores al escribir, usar este tipo de recursos que tú al comienzo de esta conversación te parecían tan innecesarios.

Si me lo tienen que poner tan complicado sí, porque hay recursos y recursos.

Cierto, pero habrás entendido todo lo que te he dicho.

Claro, te he dicho que no soy tonto.


martes, 1 de marzo de 2011

Bellotas perdidas y estuches comidos ¿O era al revés?

"Nueva entrada", indico. Estoy comiendo un par de bellotas que tenía en el primer cajón de mi escritorio, dentro de una bolsa de plástico. ¿Qué hacían allí? Pues bien, resulta que una tarde como cualquier otra, llegó mi padre con una bolsa llena de ellas. Habían quedado casi olvidadas en un armario de la cocina, pero en cuanto se me antojó algo para picar, recordé que allí seguían. Recuerdo cuando las probé por primera vez, con bastante curiosidad, esperando saborear algo así como una almendra muy gorda o tal vez como una avellana. Pero no fue así. Su sabor era algo extraño en un comienzo, un regusto poco propio de los frutos secos. A medida que la masticaba iba apreciando su sabor y mi conclusión final fue que me gustaban. También me parecieron algo más blandas que un fruto seco normal. Sentí pena de los pobres cerdos que se pasan la vida comiéndolas.

Las probé aquella vez que las trajo mi padre y también otra para confirmar que me habían gustado. La tercera vez ya decidí llevarme unas cuantas a mi cuarto, en una bolsita. Me comí unas cuantas y me dejé dos. Dos que quedaron por encima de mi escritorio hasta que las guardé en el cajón del que ahora las he sacado. Lo cierto es que no he ido a por ellas porque me apetecieran. Me las he encontrado por causalidad cuando buscaba un bolígrafo B (de "plan B") con el que pasar apuntes. Porque (¡cosas de la vida!) cuando he ido a por mi estuche que esperaba encontrar en la mochila; no estaba. ¡No estaba! He mirado bien. He mirado bien mil veces. Todos los bolsillos. Una y otra vez. Pero nada. ¡Nada de nada! Me lo había dejado por ahí. Sólo se me ocurre un lugar dónde me lo he podido dejar, pero vete tú a saber si seguirá allí, si se ha topado con un alma caritativa y de buen corazón o con un gamberrete aprovechado. Y no digo esto porque aprecie mis cuatro bolis y sea una desconfiada (que también), sino porque allá dentro también había un USB (el de la universidad, para más inri).

No hay problema. ¿Seguro que no está en la mochila? ¡No, no y no! Simplemente he aceptado que hoy no ha sido mi día y que se me ha ido el santo al cielo. Espero poderlo encontrar mañana y si no es así, ¡qué le vamos a hacer! Sólo era un estuche negro que tengo (tenía) desde hace cinco o seis años. Sólo eran unos bolis que, que... ¡Qué más da! Soy una sentimental y cada objeto que poseo forma parte de mí y perderlo me sabe muy mal. Eso es todo.

A pesar de este día desastroso, sin ser consciente todavía de mi pérdida, tenía la intención de repasar las cosas buenas que me habían transcurrido hoy antes de irme a dormir, en mi cama, antes de cerrar los ojos. Pero ésto ya me impide cualquier visión optimista. Mi estuche... Qué tonta me he sentido cuando he imaginado a alguien encontrándolo y preguntándose qué idiota se lo habría dejado allí. Si lo pierdo definitivamente: borrón y cuenta nueva. Estuche y bolígrafos nuevos = vida nueva. Qué bien se me dan las matemáticas a veces. No para estadística, que sin ser mates puras no hay Dios que la entienda. Muy posiblemente sea yo la negada, la desconfiada y la pesimista.

Pero eso sí, las bellotas me las he comido. Y si no bebo agua me atraganto.