domingo, 22 de agosto de 2010

Confesiones veraniegas. Confusiones otoñales.

Creo que puedo regresar al principio del verano, cuando no importaba encerrarse a esperar a que cayeran las oportunidades de sol, playa y salidas varias que darían aroma y color a mis vacaciones. Pero tenía un buen motivo para encerrarme: me estaba refugiando en una novedad con nombre de persona y apariencia cibernética. ¿Cómo podía estar cayendo en algo tan típico?

Fue una dulce condena mientras duró. ¿Cómo he podido acostumbrarme a ti tan rápido? ¿Por qué siento que cuando estoy contigo no hago lo que me gustaría hacer? ¿Por qué siento que estamos encerrados y limitados? ¿Por qué tengo la sensación de que el tiempo corre a una velocidad de vértigo, excepto cuando tenemos tremenda prisa por salir de casa para ir a por el tren? Siento aprovecharme de ti, o que lo parezca. Me encantaría llevarte de viaje a donde tú más quisieras. Sé que sería mar, calor y playa. Ojalá tuviera mucho dinero, porque imagino un atardecer y todo el tiempo del mundo. Tiempo para pasear mientras no perdemos de vista las olas y el cielo anaranjado, donde los bañistas se tornan siluetas y cuerpos negros, sin rostro ni detalle. Tiempo para tomar un helado, dos, tres... Un batido, un granizado o tal vez una horchata.

Tiempo para cenar en un italiano a pie de costa, con manteles a cuadros y antorchas. Para lucir un elegante vestido, deseando ser la mujer más bella del lugar y así complacer tus preciosos ojos, y para que la velada terminara con paseos nocturnos, baños nocturnos, juegos nocturnos...

miércoles, 18 de agosto de 2010

...like a little girl

Soy yo. Soy yo esa chica que se posa en la luz solar y disfruta de la brisa. La que observa cada detalle con minuciosidad y justifica las rarezas. La que odia no tener una cámara de fotos de calidad, para retratar aquella pareja, aquella bicicleta, aquella casa antigua o el pequeño bosque que hay detrás. A la que si miras sonríe, porque se avergüenza. La que cuando no miras, te mira esperando ansiosa que la mires.

La que nunca tiene dinero. La que te invitaría a todo. La que te llevaría de paseo por lugares que sueña y en los que jamás ha estado. La que adora darte la mano como una costumbre adquirida desde hace años, cuando no hace mucho que te conoce. La que quiere dártelo todo y se aguanta. La que no puede porque no tiene, pero lo desea con todas sus fuerzas. La que no se decide a ser decidida, porque es fiel a sí misma.

La que pretende mejorar con las horas y se frustra porque no lo consigue. La que empeora con las horas... Porque eso es lo que ella cree. La que quiere ser perfecta pero conoce lo atractivo de su imperfección. La que aspira sorprenderte con virtudes que le gustaría tener. La que no sabe escribir ni hablar de sí misma. La que piensa en el día siguiente, si te tiene que ver. La que sólo quiere que la quieran. La que disimula cuando algo le ha gustado mucho y la que lo dice sin reparos.

La que se come el mundo, cuando le resulta dulce y maravilloso. La que es intimidada por éste, cuando se siente triste y débil. La que cambia de filosofía de vida por momentos, que le duran muy poco. La que quiere correr para llegar antes y la que disfruta del paseo. La que todo y la que nada, según todo y según nada. La que se declararía con una canción no aprendida. La que creyó en los cuentos de hadas. La que se enamora de los paisajes, de los momentos y de las sensaciones. La que atesora sus recuerdos. La despistada. La torpe. La que soñó con ser tu chica. Tu chica.