Creo que puedo regresar al principio del verano, cuando no importaba encerrarse a esperar a que cayeran las oportunidades de sol, playa y salidas varias que darían aroma y color a mis vacaciones. Pero tenía un buen motivo para encerrarme: me estaba refugiando en una novedad con nombre de persona y apariencia cibernética. ¿Cómo podía estar cayendo en algo tan típico?
Fue una dulce condena mientras duró. ¿Cómo he podido acostumbrarme a ti tan rápido? ¿Por qué siento que cuando estoy contigo no hago lo que me gustaría hacer? ¿Por qué siento que estamos encerrados y limitados? ¿Por qué tengo la sensación de que el tiempo corre a una velocidad de vértigo, excepto cuando tenemos tremenda prisa por salir de casa para ir a por el tren? Siento aprovecharme de ti, o que lo parezca. Me encantaría llevarte de viaje a donde tú más quisieras. Sé que sería mar, calor y playa. Ojalá tuviera mucho dinero, porque imagino un atardecer y todo el tiempo del mundo. Tiempo para pasear mientras no perdemos de vista las olas y el cielo anaranjado, donde los bañistas se tornan siluetas y cuerpos negros, sin rostro ni detalle. Tiempo para tomar un helado, dos, tres... Un batido, un granizado o tal vez una horchata.
Tiempo para cenar en un italiano a pie de costa, con manteles a cuadros y antorchas. Para lucir un elegante vestido, deseando ser la mujer más bella del lugar y así complacer tus preciosos ojos, y para que la velada terminara con paseos nocturnos, baños nocturnos, juegos nocturnos...
