sábado, 17 de marzo de 2012

Mundo rescatado

Me sentía algo perdida pero sabía que iba bien encarrilada. Sólo tenia que esperar. Y mientras esperaba, ocupaba el tiempo con la rutina que me permitía el ambiente y las posesiones ajenas. Poder hacer una ruta que hacía poco había conocido, era mi motivación para despertar al día siguiente. Con el tiempo justo y al mismo tiempo necesario. Sólo tenía que ir tirando una hora antes. Cada mañana era igual. Dividí la ruta por fases. Siempre me cruzaba con las mismas personas hacia la misma altura del camino. Era gracioso. Era saludarse en silencio.

Pero, sin duda, el personaje protagonista de aquel camino era el mar. Las mañanas soleadas de primavera eran las mejores, cuando el mar daba los buenos días vestido de brillos. Sin embargo, nada hubiera sido igual sin mi música. La que, para entonces, creía que me daba una identidad. Creía que podía hablar de mí y que, tan sólo por escucharla, estaba definiéndome de forma muy precisa.

Estaba sola, sola, sola. Y cuando estas solo, a veces, te sientes más interesante. De repente se te ocurren miles de cosas que podrías ofrecer. Y las vas acumulando porque todavía no es momento de ofrecerlas. Para aquel entonces debí reflexionar sobre algo.

Un año y unos meses separan esas sensaciones de comenzar a abandonar mi mundo para vivir por otro que no se interesó lo suficiente por el mío. Y no volverá a ocurrir.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Incompetentes sentimentales

Llorar hasta hartarse. No llorar. Querer llorar y decidir no hacerlo. Poder llorar con facilidad. Pensar y llorar. Llorar sin pensar. Agua salada. Desliz de una gota. Mejilla mojada. Llanto.

Todavía no ha pasado. No ha querido que pase. No espera nada. Un camino estrecho y húmedo hasta la comisura de los labios. Salado. Incluso agradable. Pero era mejor la sal de las palomitas. Sólo había que pagarlas y pedirla: a parte, por favor. Y repetirlo hasta que lo entendieran. Cuesta entender el habla de los incompetentes sentimentales. Sólo las enamoradas pueden. Bien, no siempre. Ella ponía sus esfuerzos y al final, como si de toda la vida. 

Una enamorada enamorada, con sus recuerdos sobre el amor. Lo que entendía por amor y lo que había aprendido. Poco, para ser sinceros. Recuerda una imagen de una pareja besándose, como fondo para entablar conversación con un chico que le gustaba. No fue idea suya, fue de él. Su corazón latía esperando a que empezara la acción: la pasión. Y llegó en forma de tardes enteras de invierno metidos en su cuarto.






Otro hombre, de otro recuerdo, le acariciaba las piernas, los muslos, acercándose peligrosamente al sexo. Ella se volvía de mantequilla, dilataba sus conductos y se preguntaba qué sería esa sensación, de miedo y deseo indeseado, difíciles de controlar. No era lugar para ir a más, por encima de la ropa y en compañía de amigos.

Pero, ¿qué fue de aquel chico escuchimizado que prometió tanto durante un tiempo? Aquella escapada loca que terminó en abrazos largos, apretados y suaves a la vez... Aquellas palabras que tomaban valor por la fuerza de voluntad que se ponía en ellas. Linda. Increíble. Sueño. T'estimo. La sensación de ser alguien para alguien.

Y dos viajes veraniegos que pudieron ser y no fueron. El chico que la hacía reír. El chico que más deseo demostró hacia ella. Miradas fijas. Intenciones claras. Amor por doquier. Compartieron un helado en un banco frente al mar. Y las gaviotas merodeaban la zona, con gracia. Un sol precioso que daba calor a sus corazones. También a los turistas. A toda Barcelona. Aquella noche no dejó de besarla: nuestro primer beso. Una y otra vez.

Aunque el recuerdo más disparatado que guarda es el que le ofreció aquel chico antiprototipo para ella. Pero guapo. Rubio y con ojos azules. Un hombre con voz desganada pero joven y atractiva. Un seductor con una mirada capaz de desnudar a cualquiera. Existía una incompatibilidad de personalidades evidente. Sin embargo, no puso fin a aquella historia hasta que se vio metida en su coche y le hizo una proposición sexual. Eso sí, se quedó con algo que le dijo cuando la conoció: Me gustas porque eres una mujer que piensa. Hasta cuando besas, piensas.

Sabe que no son muchos recuerdos, pero los conserva en compañía de todas las sensaciones que le produjeron. El frío o el calor según la estación. La actitud según la experiencia. 

El último chico. El de las palomitas. Nada que decir sobre él. Simplemente, pensó que era él. Lo pensó y creyó firmemente durante unos meses, con fluctuaciones después. A ratos. Por momentos. Momentos de todo tipo. Dudas. Certezas. Una relación. Su primera relación. La suma de todas sus preferencias en un hombre, un horror para su salud y para sus expectativas reales. El amor duele. Empezando por la incomprensión, pasando por la negación de negociación y terminando en un: se ha acabado.

El mundo está lleno de incompetentes sentimentales. Todos lo somos, lo hemos sido o lo seremos alguna vez.

http://www.youtube.com/watch?v=GGvx57te8LY&feature=related





¿Llorar? Mejor escribir.

miércoles, 13 de abril de 2011

¡Zombie! Cómeme el c... ¡Cerebro!

Qué duro esto de ser una enferma mental... Pienso en solucionar mis problemas. Que mis neuronas no entienden de mis pensamientos, se dedican a actuar como "creen" que han de hacerlo y la cagan. La cagan y todo apoyo que me prestan resulta incómodo y desadaptativo. Sinceramente, para actuar así ya podrían no actuar.

Le doy vueltas a esta idea y me sorprende cuán paradójica puede llegar a ser. La herramienta que uso para pensar está dañada. Esto es como querer arreglar un martillo con el mismo martillo. Aunque es cierto que en este caso se trata de una herramienta con miles de funciones y que por el momento sólo es una la que no me deja vivir. Aun así es extraño. Es tan raro como lógico creer que podría comunicarme con mis neuronas e informarlas sobre lo que tienen que hacer. Pero en realidad yo no doy órdenes al cerebro, el cerebro me las da a mí. Y para darle más vuelta de tuerca, he de decir que ni una cosa ni la otra son ciertas. De hecho, yo soy este cerebro. ¡Yo soy este puto cerebro! ¡Fíjate cómo me manifiesto!

¡Daros cuenta! Un órgano feo, blando y replegado en sí mismo me permite mover estos dedos, me permite planificar el puto movimiento que realizo cada vez que tengo que teclear otra letra, calcularlo y hacerlo. Incluso podría decir que mis dedos recuerdan la posición de cada letra en el teclado, y en realidad mis dedos no recuerdan nada, ¡es mi puto cerebro otra vez! Y no conforme con eso, ¡encima utilizo un lenguaje, una expresión y un contenido coherentes!

Sí... ¿Cómo ha podido la gente aceptar eso tan rápidamente? A mí todavía me resulta increíble y más si lo pienso... Pero alguna explicación tenía que tener.

Y he aprendido todo eso gracias a mi cerebro. ¿Cómo puede ser que el cerebro sea capaz de hacerme sobrevivir diariamente y no se dé cuenta de que la información que procesa atañe a sí mismo? Es el mismo efecto que mirarse al espejo por primera vez. Yo no recuerdo la primera vez que me miré en un espejo y supongo que nadie lo hace a no ser que sea alguien rescatado de una jungla en la que ejercía de niño de la selva. Pero sé que puede impactar y mira sino a los pobres perros, que son incapaces de entender que aquello que ven reflejado son ellos mismos. ¿Cómo no nos volvemos locos al descubrir el gran secreto sobre nuestro funcionamiento? El cerebro pensó en todo menos en autodestruirse al verse reconocido a sí mismo. La filogenética no decidió que era mejor que el ser humano nunca descubriera por qué era capaz de hacer todo lo que era capaz de hacer. Pensar en decisiones en este sentido implica un supuesto demasiado religioso o místico.

Se me va la olla, ¿verdad? Pues ahí tienes otra referencia al tema del que hablo. Quizás sí que me he vuelto loca de verdad y lo que me extraña que no haya ocurrido en realidad sí lo ha hecho. Lo cierto es que me estoy mareando... ¡Qué dolor de cabeza, coño!

sábado, 26 de marzo de 2011

Sueño de vías, ferrocarriles y tú

Cogimos el tren. Un tren nuevo pero que recordaba como rutinario. De toda la vida. Otro día más lo cogíamos juntos. Algo extraño pasó entonces. El tren avanzó un poco y se detuvo. Tú bajaste a tomar el aire, en el exterior, justo enfrente de la boca que separaba la estación cubierta del comienzo del camino de vías. Había plantas y hacía un sol extraordinario, un clima perfecto de primavera. Parecía que tenía sentido abandonar el tren, por eso no vi raro que bajaras del vagón momentáneamente, antes de que volvieran a arrancar. Era como si el tren tuviera problemas de última hora. Todo eso es lo que parecía, pero el tren arrancó. Y yo, que me encontraba dentro, vi como me alejaba de ti sin remedio. Vi como me separaba de ti como si el viaje hasta la siguiente parada tuviera que ser eterno. Como si nunca jamás fuera a reencontrarte. Te echaba de menos mientras te veía pequeño. A lo lejos. Tu cara de preocupación me lo dijo todo. Mi corazón me dolió y me sentí asustada. Menuda exageración.

Tenía que aceptar que durante un tiempo indeterminado, no te iba a ver. ¿Cuánto tiempo tenía que pasar? La situación podía ser desesperante. No recuerdo qué hice entonces. Creo que, después de darme cuenta de lo locamente enamorada que llegaba a estar de ti, me senté a esperar la siguiente estación, donde iba nuevamente a esperar a que vinieras. Y eso hice. La siguiente estación daba al exterior, el día no había cambiado, pero ya no me parecía tan bonito como antes. Creo que durante unos instantes no me acordé de por qué me bajaba si yo tenía que seguir con mi recorrido. Mi mente está loca en este tipo de situaciones. Pero caí enseguida en la cuenta. Te esperaba a ti. Lo curioso es que, tan dramático que me había llegado a parecer todo aquello, se solucionó de una forma muy sencilla. El siguiente tren llegó y en él ibas tú. Volví a estar contigo y me olvidé de haberme olvidado por unos instantes. Me olvidé de haberme visto forzada a ser fuerte, sola. Me olvidé del dolor que había sentido mi corazón al perderte. Te tenía conmigo.

domingo, 6 de marzo de 2011

Quien no lo entienda, que me mande un email

¿Este es otro de estos textos en los que nadie entiende nada? Sí, de esos en los que el autor pretende difundir un mensaje pero, es difícil interpretarlo. A menudo una enorme metáfora llena de metáforas más pequeñas que tienen demasiado que ver con la personalidad del escritor. Y yo qué sé en qué estabas pensando cuando escribías todas esas líneas. ¿Crees que tengo tiempo para pensar y reflexionar sobre formas tremendamente subjetivas de ver el mundo? ¡Quiero entretenerme un rato leyendo, no jugar a los detectives! Si quiero adivinanzas, las busco por internet y san se acabó.

No se puede decir algo así. ¿Tú sabes el desahogo que provoca poder escribir sobre lo que te da la real gana, sin preocuparte por si los demás lo entenderán? ¿Acaso tienes idea de lo original y fascinante que resulta, para la mente humana, crear historias fantásticas y sensacionales que en realidad hablan de algo totalmente cotidiano? ¡Es una forma más de arte! Y te aseguro que no apreciarlo te coloca en un lugar poco intelectual.

Pues que esas gentes escriban para ellas mismas. Yo necesito saber de lo que me están hablando, si no me pierdo, me agobio. No soporto no entender las cosas. No soporto darle vueltas a lo mismo sin dar con la solución. Realmente odio no ser lo suficientemente capaz de dar con el tema auténtico sobre aquello que estoy leyendo. Este tipo de lecturas inducen a pensar que eres tonto. Y yo, no es por nada, pero no soy tonto. Así que más les vale ser un poco más claros o, al menos, que no hagan ver que si no logras entender nada, sea porque tienes una imaginación precaria y una ordinariez que te impide ver más allá de tus narices.

"Esas gentes" necesitan expresarse a su manera. Igual que tú tendrás tus formas, ya sea escribiendo o no. Ahora mismo has expresado una opinión sin ningún tipo de problema, aunque yo te la esté debatiendo. En realidad no es que esté totalmente en contra de lo que dices. De hecho, yo también me he sentido bastante idiota al no ser capaz de entender un mensaje, por muchas vueltas que le daba. Pero, ¿sabes una cosa? A veces la explicación es algo tan sencillo que puede que lo hubieras pensado y a su vez descartado por creer que era demasiado simple para ser verdad. Así que no te abrumes, a todos nos puede costar algo, pero lo que importa de verdad es saber apreciar el modus operandi, el estilo, la forma, la personalidad y al final, el mensaje que pretende hacernos llegar.

Una buena solución sería colocar una explicación lógica y en cristiano, de lo que se ha querido decir en el tan complejo e íntimo texto. Seguro que muchos dirían: ¡Ah! ¡Cuando decía esto, se refería a aquello! Y yo pensando que se trataba de eso otro... No había entendido ni la misa la mitad. Que resulta que he entendido el texto al revés, vamos. Por mucho que aprecies el maldito texto por sus formas, creo que llega un punto en el que no sabes si el texto es bueno porque no lo entiendes o porque realmente lo es. Quizás te encuentras que no entiendes ni papa y dices: ¿Soy tonto o este texto es una mierda?

Pues eso habrá quienes lo sepan, yo no te lo sabría decir. Lo que sí te puedo decir es que si algo te gusta, te gusta; y no importa que sea bueno o no. Tienes que verlo así, aunque no logres entenderlo o se te escapen expresiones, si en su conjunto te agrada y te invita a continuar, nada tiene que impedírtelo. Supongo que otra forma de decirlo es que te dejes llevar. ¿Quien te va a juzgar por tener unos determinados gustos? Un idiota, puede ser. ¡Entonces no hay nada que perder!

Puede ser. ¿Y qué me dices de mi solución?

Creo que perdería toda la gracia. Creo que incluso el arte se iría a tomar viento. Si el autor hace eso, está desvelando su secreto de cocina, una de sus mejores recetas. Nadie quiere ser imitado o tener un mal doble que pueda sobrepasarte. No estamos hablando de un pasatiempos donde tienes las soluciones en la misma página y bocabajo. Sabes perfectamente lo que ocurre en estos casos: tienes ansia por conocer la verdad e inevitablemente echas un vistazo. Se podría decir que saber que puedes consultar la solución cuando quieras, hace que pienses menos por tu cuenta acerca de ésta. Te rindes demasiado fácil y créeme que disfrutas menos del juego. Pues estoy seguro que se trata del mismo ejemplo, pero aplicado a la lectura, al arte, al mundo de la expresión.

Tus palabras me han hecho pensar en una metáfora: viajar en tren sin conocer tu destino. Tus vas viendo el paisaje y éste te encanta, no sabes adonde vas ni te importa, porque crees que será un buen lugar si el camino que hay que tomar para llegar tiene esas características. Si algún tramo no te gusta, siempre puedes continuar para probar suerte o bajarte en la siguiente parada. ¿Entiendes?

Perfectamente y además te diré que esto es lo que hacen muchos escritores al escribir, usar este tipo de recursos que tú al comienzo de esta conversación te parecían tan innecesarios.

Si me lo tienen que poner tan complicado sí, porque hay recursos y recursos.

Cierto, pero habrás entendido todo lo que te he dicho.

Claro, te he dicho que no soy tonto.


martes, 1 de marzo de 2011

Bellotas perdidas y estuches comidos ¿O era al revés?

"Nueva entrada", indico. Estoy comiendo un par de bellotas que tenía en el primer cajón de mi escritorio, dentro de una bolsa de plástico. ¿Qué hacían allí? Pues bien, resulta que una tarde como cualquier otra, llegó mi padre con una bolsa llena de ellas. Habían quedado casi olvidadas en un armario de la cocina, pero en cuanto se me antojó algo para picar, recordé que allí seguían. Recuerdo cuando las probé por primera vez, con bastante curiosidad, esperando saborear algo así como una almendra muy gorda o tal vez como una avellana. Pero no fue así. Su sabor era algo extraño en un comienzo, un regusto poco propio de los frutos secos. A medida que la masticaba iba apreciando su sabor y mi conclusión final fue que me gustaban. También me parecieron algo más blandas que un fruto seco normal. Sentí pena de los pobres cerdos que se pasan la vida comiéndolas.

Las probé aquella vez que las trajo mi padre y también otra para confirmar que me habían gustado. La tercera vez ya decidí llevarme unas cuantas a mi cuarto, en una bolsita. Me comí unas cuantas y me dejé dos. Dos que quedaron por encima de mi escritorio hasta que las guardé en el cajón del que ahora las he sacado. Lo cierto es que no he ido a por ellas porque me apetecieran. Me las he encontrado por causalidad cuando buscaba un bolígrafo B (de "plan B") con el que pasar apuntes. Porque (¡cosas de la vida!) cuando he ido a por mi estuche que esperaba encontrar en la mochila; no estaba. ¡No estaba! He mirado bien. He mirado bien mil veces. Todos los bolsillos. Una y otra vez. Pero nada. ¡Nada de nada! Me lo había dejado por ahí. Sólo se me ocurre un lugar dónde me lo he podido dejar, pero vete tú a saber si seguirá allí, si se ha topado con un alma caritativa y de buen corazón o con un gamberrete aprovechado. Y no digo esto porque aprecie mis cuatro bolis y sea una desconfiada (que también), sino porque allá dentro también había un USB (el de la universidad, para más inri).

No hay problema. ¿Seguro que no está en la mochila? ¡No, no y no! Simplemente he aceptado que hoy no ha sido mi día y que se me ha ido el santo al cielo. Espero poderlo encontrar mañana y si no es así, ¡qué le vamos a hacer! Sólo era un estuche negro que tengo (tenía) desde hace cinco o seis años. Sólo eran unos bolis que, que... ¡Qué más da! Soy una sentimental y cada objeto que poseo forma parte de mí y perderlo me sabe muy mal. Eso es todo.

A pesar de este día desastroso, sin ser consciente todavía de mi pérdida, tenía la intención de repasar las cosas buenas que me habían transcurrido hoy antes de irme a dormir, en mi cama, antes de cerrar los ojos. Pero ésto ya me impide cualquier visión optimista. Mi estuche... Qué tonta me he sentido cuando he imaginado a alguien encontrándolo y preguntándose qué idiota se lo habría dejado allí. Si lo pierdo definitivamente: borrón y cuenta nueva. Estuche y bolígrafos nuevos = vida nueva. Qué bien se me dan las matemáticas a veces. No para estadística, que sin ser mates puras no hay Dios que la entienda. Muy posiblemente sea yo la negada, la desconfiada y la pesimista.

Pero eso sí, las bellotas me las he comido. Y si no bebo agua me atraganto.

viernes, 18 de febrero de 2011

Inculta

Me acabo de dar cuenta de cómo era antes de conocerte. No era mejor ni peor. Era yo. Era yo con mis influencias, bastante débiles por esa escasa radiación. Estaba bastante sola. Poco interesante y poco interesada. Escribiendo algún que otro párrafo. Siempre hablando de mí. A solas. Mi música, mis novedades, mis nuevos pensamientos. Mis temporadas, mis épocas, mis recuerdos. Mis fotos, mis sueños, mis fantasías. Siempre deseando amar a alguien. Siempre con la estrellita del futuro amoroso que podía llegar. Sin prisa. Algo de desesperación en algunos momentos. Pero poco a poco, que todo llegará.

No me interesaba el mundo. Me interesaba mi mundo. Es cierto, no he cambiado. Chica soñadora tenía que ser, como hay pocas, ¿verdad? Sin poder cambiarlo o remediarlo. Una más de ésas. Pero yo creía que alguien como yo podía llamar la atención de algún galán. Un chaval adolescente lo suficientemente maduro como para apreciarme. Menuda ambición. Adolescente seguro que ya no iba a ser, se había pasado el tiempo para eso. ¿Maduro y adolescente en la misma frase? Francamente algo difícil. No digo que sea imposible, ojo. Hay chiquillos que lo han pasado realmente mal en la vida y han tenido que aprender sí o sí. Incluso algunos que sin tener muchos problemas para subsistir, han madurado por ser... Por sus cojones. Bueno, no voy a meterme con todo eso. El caso es que yo me parecía mucho al resto de los mortales. Así de especial era yo. Todos iguales. Todas las chicas como yo. Y yo, como todas las chicas. Pero debo dar las gracias a estas redes sociales que tan de moda se han puesto y que nos brindan la oportunidad de vendernos a aquél que se interese por nosotras. Lo curioso es que, al menos en mi caso, no existía ningún "aquél".

Esfuerzos para que existiera no faltaban. No digas mucho, lo suficiente. Al fin y al cabo te interesa la gente como tú y sabes que no puedes crear un perfil que a ti no te atraería de otro. Detalles que terminan por importarte un bledo. Pero tú sigues en tu mundo de colores, tonos sepia o blanco y negro, según el ánimo. Te miras al espejo y no entiendes qué estarás haciendo mal. ¡Ah!, ésto sólo algunos días. En otros lo entiendes todo demasiado bien y el bajón consiguiente da para muchos párrafos en el Word. También pueden ser menos productivos y terminas llorando, aceptando tu solitario destino con serenidad o simplemente dejando que tu música te arrope con amor durante un rato. Lástima que la música que se elige para ello a menudo no inspire a mejorar.

Pero antes de conocerte no sólo me dedicaba a soñar y a esperar a alguien como tú. De hecho no tengo claro que tú seas lo que yo esperaba, aunque ahora no lo cambiaría por nada. Antes de conocerte también hacía cosas. Había personas que se interesaban por mí y tuve que rechazar a algún que otro pretendiente. Quizás todavía se interesan por mí en secreto, no los mismos claro, porque el tiempo pasa y los corazones tienden a curarse mientras recaptan nuevos amores. Pero tienes que reconocer que algún que otro corazón estará ahora mismo suspirando por mí, pues soy una mujer como hay pocas y los años hacen de mí alguien increíblemente atractivo. Modestia a parte (y mentiras también). Una chica del montón puede evolucionar y ser una Diosa, pero yo me conformo con serlo para aquél que lo tenga claro. ¡Malditas dudas! Antes de conocerte tenía claro que quien estuviera a mi lado no vacilaría sobre ello ni un segundo. Bueno, quizás uno sí, pero no permitía ni uno más. Aquí sólo puedo dudar yo.

Déjame ser la eterna indecisa, porque aunque no me dejes, lo seré.

No sé a quién pretendo engañar. Me he dado cuenta de que no tenía tanto que ofrecer como creía. Que mi posible encanto se desvanece cuando se descubre que no sé nada del mundo porque he estado demasiado ocupada pensando en mí y en mis inquietudes adolescentes. Parecía que preguntarse cosas era interesante y moderno. ¡Oh! ¡Alguien que piensa! Seguro que mola. Alguien que habla sobre el mundo criticándolo porque lo que ha visto no le ha gustado, pero en realidad no conoce lo bueno de éste (ni tampoco lo malo a ciencia cierta). Muy metido en su mundo para hallar la cultura y el conocimiento. Demasiado ocupado para encasillarse solo, todavía está en la fase: "No quiero saber nada". Supongo que ésa he sido yo durante mucho tiempo. He llegado incluso al punto de no dedicar tiempo ni a lo que me gusta. Se me han olvidado muchas aficiones por esta jodida tendencia a no mover ni un dedo. Pero podía estar tranquila porque mi salvador llegaría para mostrarme un mundo real que guardaba un poco de magia para mí y, ¡vaya!, resulta que el mundo no era tan horrible.

Lo malo de conocer cosas nuevas es ser consciente de que antes no se sabían. Probablemente te fascine que otra persona sepa tanto sobre ciertos temas, solamente porque aquello le encanta; mientras tú observas lo que te gusta y eres incapaz de hablar sobre ello porque en realidad no tienes ni idea. Hablo de mí. Entonces, ¿qué me queda por ofrecer? ¿Cariño? ¿Amor? ¿Simplemente decir: "Esto me gusta"? ¿Me defino por lo que me interesa y lo que me gusta, aunque nada de todo eso me haya movido lo suficiente como para tener una idea bien formada de lo que es? Cuanta pasividad...

De acuerdo. He mentido. Todo mentiras. Lo mío es llevar mi mensaje al extremo. Pero no digo nada que en parte no sea verdad. Todos lo hemos hecho alguna vez. ¡Y todos tenemos algo que aportar!




- Antes de conocerte era una inculta.

- ¿Y ahora?

- También, también.