sábado, 20 de febrero de 2010

Sueños melodiosos al sol

Por un momento olvidé por qué estaba allí, cómo había llegado y de dónde. Sólo veía rojo intenso, sentía calidez intensa y oía música… Intensamente. De repente alguien tocó mi hombro izquierdo, me giré y vi a esa persona. Tampoco supe qué hacía allí, cómo había llegado y cómo me había encontrado. Pero allí estaba.

Sonreí, sorprendida. La invité a sentarse a mi lado, a tomar el sol, a hundirse bajo su luz y calor… Conmigo. Mientras charlábamos a ciegas largas y entrañables conversaciones: “Qué bueno sería que estuvieras cerca de mí”, “qué bueno seria poder verte cada día o muy a menudo”, “qué bueno seria poder abrazarte en esas veces”, “qué bueno seria… Que esto fuera cierto”.



Abrí los ojos. Recordé entonces por qué estaba allí, recordé entonces cómo había llegado y finalmente recordé de dónde. Y entendí que debía darle gracias a mi fugaz imaginación provocada por la situación, que creó una atmósfera propicia para soñar despierta. Y… Qué curioso, que me apareciste tú.

“Qué bueno sería…”

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