martes, 16 de febrero de 2010

Como hoy, unos cuantos

Hoy me siento mal. Un día de esos en los que tienes que levantarte contra tu voluntad, tu deseo y tu necesidad. Hasta aquí puede parecer entonces un día rutinario de los de toda la vida, pero no. Ha sido un día en el que el tiempo, tu motivación, tu ánimo y tu apariencia física se ponen de acuerdo para mostrar sus peores estados y aspectos. Con desgana, con frío, con sueño, con hambre… Características de este tipo nos acompañan en días como hoy.

¿Solución? Soportarlo. Darte el lujo o permitirte esta situación hasta mañana y a ver qué pasa. Te llegas a auto perdonar tus leves y vagos actos, respuestas y remedios. ¿Qué otra nos queda? A ver si tenemos que martirizarnos porque no llegamos adonde queremos llegar. El único deseo en esos días suele ser: Volver a casa. Lugar en el que seguro que nos sentiremos reconfortados nuevamente, donde podremos recuperar las fuerzas y el ánimo que hemos olvidado por la mañana al salir. O que no hemos sabido crear el día anterior para rendir al día siguiente.

Sea como sea, creo que hay otros factores a parte de la propia responsabilidad, para que el día de mañana salga bien. Uno es el tiempo, no puedes controlarlo y no sabes de qué manera te va a afectar, probablemente sea un factor que termine de rematar o induzca a sentirte mal. Y otro factor es tu alrededor social, las situaciones que se dan entre personas que te rodean y que tú difícilmente puedes controlar. Una desgracia ajena, incluso, puede deprimirnos y ponernos reflexivos, revalorando lo que tenemos o sintiendo miedo a perderlo nosotros también.

Oh, sí… El miedo es muy típico en días como hoy, todo se vuelve una amenaza. No quieres que te miren, no quieres hablar, no quieres que te pregunten ni mucho menos ser el centro de atención. Si te toca estar en un aula de una facultad donde se da una clase que no te agrada y al profesor parece gustarle el preguntar, el miedo se duplica: “Por favor, déjeme en paz, quiero estar tranquila y si hoy no presto atención es mi problema, pero no quiero que eso se evidencie delante de 100 personas… ¿Es mucho pedir?”.

Claro que no lo diría en voz alta, ni tampoco lo pensaría exactamente así, pero créeme que mi corazón estaría latiendo todas esas emociones. Las respuestas de mi cuerpo me lo indicarían, me entendería en mí misma y buscaría sin encontrarla, una solución. Parece que a veces tengamos la obligación de pasar por situaciones por las que no queremos pasar, ¿dónde queda nuestra supuesta libertad? Resignación, educación, vergüenza y otra vez: miedo.

Puede que sean días de ansiedad, puesto que en realidad es un miedo con poco fundamento. Nos sentimos débiles y susceptibles y un pequeño detalle que podría pasar desapercibido se puede convertir en una obsesión. Aunque en mi caso lo que debería importarme no me importa, lo aplazo: “Me preocuparé luego… O mañana. Me preocuparé en el futuro… Próximamente”. No te preocupes que te preocuparas, eso desde luego. Son deberes de nuestra profesión, papeleos, estudios, pagos… Aquello que amenaza nuestra supervivencia laboral y profesional o del hogar pero que en principio no afecta nuestra existencia ni nuestros sentimientos personales o íntimos.

Eso sí, yo parto de que todo depende y va en función de cada uno y generalizo en base a mi experiencia, pero soy consciente de ello. Y por eso hablo de mi día y de cómo son este tipo de días para mí. Por suerte el día de hoy ya ha terminado, ya estoy en mi ansiada casa a la que deseaba volver durante toda la mañana, incluso desde antes de salir de ella. Y qué más puedo decir, que pongo punto final al día y al escrito y espero que mañana los factores me sean algo más favorables. Lo agradecería de verdad.

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