miércoles, 6 de junio de 2012
domingo, 3 de junio de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
Atropellada
La chica volvió para irse para siempre. Necesitaba locamente aliviar su dolor. Un lunes como cualquier otro, sonaba su despertador a las seis de la mañana. Todo estaba oscuro, su madre estaba en su cama y pudo oírla, pudo decirle adiós cuando ella salía escopeteada por la puerta principal, porque tenía que llegar a tiempo a la parada de autobús. Sin embargo, antes le dio tiempo de imprimir algunos documentos, nunca se sabe si tendrá motivación para leer todo lo que tiene que leer en el tren, de vuelta, porque la ida es para tener la mente flotando, para soñar despierta. Para estar despierta sin estar preparada por formar parte del mundo, todavía.
La música se estaba convirtiendo en una de sus mejores terapias. Música nueva. Música que empuja a seguir. Alguna canción romántica de desamor y pérdida. Le encantaba darse cuenta de que la letra de las canciones que más le gustaban, casualmente, hablaban de eso. Bajó del autobús y en el primer cruce miró a su derecha, una pastelería en la que se detuvo en el pasado, de la que comió algún dulce típico de estación, algún merengue. Se sonrió hacia sus adentros pensando que lo más probable es que no volviera a entrar, por lo menos, en mucho tiempo. Y por lo menos, no con la misma persona.
El semáforo en verde le permitió seguir con su pequeña ruta hasta la estación de tren. Cuando giró y empezó la calle peatonal, la del bar de madera extraño, la de los chinos, alguna tienda de ropa carísima y la de los dulces y objetos originales. Cuando empezó aquella calle se sentía como en una película, totalmente absorta por la música que estaba escuchando, como si en realidad sonara para todos. Como si la vida, el mundo, en aquel instante estuvieran contando su vida, su situación; y los demás no fueran más que actores secundarios, seguro que en algún momento iban a tener su oportunidad.
De repente le preocupó la idea de que algún coche estuviera circulando por detrás. Cruzó sin despegar los auriculares de sus oídos ni un solo instante. ¿Habría un coche? ¿Realmente importa? Imaginó que era atropellada. Imaginó que todo lo que había estado sintiendo, todo lo que había estado pensando, el recuerdo de sus sueños más recientes, el recuerdo de los momentos que había que dejar atrás porque jamás volverían, todos los planes y la falta de ellos que llevaba consigo, yacían por última vez en aquel lugar y desaparecían, para siempre.
sábado, 17 de marzo de 2012
Mundo rescatado
Me sentía algo perdida pero sabía que iba bien encarrilada. Sólo tenia que esperar. Y mientras esperaba, ocupaba el tiempo con la rutina que me permitía el ambiente y las posesiones ajenas. Poder hacer una ruta que hacía poco había conocido, era mi motivación para despertar al día siguiente. Con el tiempo justo y al mismo tiempo necesario. Sólo tenía que ir tirando una hora antes. Cada mañana era igual. Dividí la ruta por fases. Siempre me cruzaba con las mismas personas hacia la misma altura del camino. Era gracioso. Era saludarse en silencio.
Pero, sin duda, el personaje protagonista de aquel camino era el mar. Las mañanas soleadas de primavera eran las mejores, cuando el mar daba los buenos días vestido de brillos. Sin embargo, nada hubiera sido igual sin mi música. La que, para entonces, creía que me daba una identidad. Creía que podía hablar de mí y que, tan sólo por escucharla, estaba definiéndome de forma muy precisa.
Estaba sola, sola, sola. Y cuando estas solo, a veces, te sientes más interesante. De repente se te ocurren miles de cosas que podrías ofrecer. Y las vas acumulando porque todavía no es momento de ofrecerlas. Para aquel entonces debí reflexionar sobre algo.
Un año y unos meses separan esas sensaciones de comenzar a abandonar mi mundo para vivir por otro que no se interesó lo suficiente por el mío. Y no volverá a ocurrir.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Incompetentes sentimentales
Llorar hasta hartarse. No llorar. Querer llorar y decidir no hacerlo. Poder llorar con facilidad. Pensar y llorar. Llorar sin pensar. Agua salada. Desliz de una gota. Mejilla mojada. Llanto.
Todavía no ha pasado. No ha querido que pase. No espera nada. Un camino estrecho y húmedo hasta la comisura de los labios. Salado. Incluso agradable. Pero era mejor la sal de las palomitas. Sólo había que pagarlas y pedirla: a parte, por favor. Y repetirlo hasta que lo entendieran. Cuesta entender el habla de los incompetentes sentimentales. Sólo las enamoradas pueden. Bien, no siempre. Ella ponía sus esfuerzos y al final, como si de toda la vida.
Una enamorada enamorada, con sus recuerdos sobre el amor. Lo que entendía por amor y lo que había aprendido. Poco, para ser sinceros. Recuerda una imagen de una pareja besándose, como fondo para entablar conversación con un chico que le gustaba. No fue idea suya, fue de él. Su corazón latía esperando a que empezara la acción: la pasión. Y llegó en forma de tardes enteras de invierno metidos en su cuarto.
Otro hombre, de otro recuerdo, le acariciaba las piernas, los muslos, acercándose peligrosamente al sexo. Ella se volvía de mantequilla, dilataba sus conductos y se preguntaba qué sería esa sensación, de miedo y deseo indeseado, difíciles de controlar. No era lugar para ir a más, por encima de la ropa y en compañía de amigos.
Pero, ¿qué fue de aquel chico escuchimizado que prometió tanto durante un tiempo? Aquella escapada loca que terminó en abrazos largos, apretados y suaves a la vez... Aquellas palabras que tomaban valor por la fuerza de voluntad que se ponía en ellas. Linda. Increíble. Sueño. T'estimo. La sensación de ser alguien para alguien.
Y dos viajes veraniegos que pudieron ser y no fueron. El chico que la hacía reír. El chico que más deseo demostró hacia ella. Miradas fijas. Intenciones claras. Amor por doquier. Compartieron un helado en un banco frente al mar. Y las gaviotas merodeaban la zona, con gracia. Un sol precioso que daba calor a sus corazones. También a los turistas. A toda Barcelona. Aquella noche no dejó de besarla: nuestro primer beso. Una y otra vez.
Aunque el recuerdo más disparatado que guarda es el que le ofreció aquel chico antiprototipo para ella. Pero guapo. Rubio y con ojos azules. Un hombre con voz desganada pero joven y atractiva. Un seductor con una mirada capaz de desnudar a cualquiera. Existía una incompatibilidad de personalidades evidente. Sin embargo, no puso fin a aquella historia hasta que se vio metida en su coche y le hizo una proposición sexual. Eso sí, se quedó con algo que le dijo cuando la conoció: Me gustas porque eres una mujer que piensa. Hasta cuando besas, piensas.
Sabe que no son muchos recuerdos, pero los conserva en compañía de todas las sensaciones que le produjeron. El frío o el calor según la estación. La actitud según la experiencia.
El último chico. El de las palomitas. Nada que decir sobre él. Simplemente, pensó que era él. Lo pensó y creyó firmemente durante unos meses, con fluctuaciones después. A ratos. Por momentos. Momentos de todo tipo. Dudas. Certezas. Una relación. Su primera relación. La suma de todas sus preferencias en un hombre, un horror para su salud y para sus expectativas reales. El amor duele. Empezando por la incomprensión, pasando por la negación de negociación y terminando en un: se ha acabado.
El mundo está lleno de incompetentes sentimentales. Todos lo somos, lo hemos sido o lo seremos alguna vez.
http://www.youtube.com/watch?v=GGvx57te8LY&feature=related
¿Llorar? Mejor escribir.
miércoles, 13 de abril de 2011
¡Zombie! Cómeme el c... ¡Cerebro!
Qué duro esto de ser una enferma mental... Pienso en solucionar mis problemas. Que mis neuronas no entienden de mis pensamientos, se dedican a actuar como "creen" que han de hacerlo y la cagan. La cagan y todo apoyo que me prestan resulta incómodo y desadaptativo. Sinceramente, para actuar así ya podrían no actuar.
Le doy vueltas a esta idea y me sorprende cuán paradójica puede llegar a ser. La herramienta que uso para pensar está dañada. Esto es como querer arreglar un martillo con el mismo martillo. Aunque es cierto que en este caso se trata de una herramienta con miles de funciones y que por el momento sólo es una la que no me deja vivir. Aun así es extraño. Es tan raro como lógico creer que podría comunicarme con mis neuronas e informarlas sobre lo que tienen que hacer. Pero en realidad yo no doy órdenes al cerebro, el cerebro me las da a mí. Y para darle más vuelta de tuerca, he de decir que ni una cosa ni la otra son ciertas. De hecho, yo soy este cerebro. ¡Yo soy este puto cerebro! ¡Fíjate cómo me manifiesto!
¡Daros cuenta! Un órgano feo, blando y replegado en sí mismo me permite mover estos dedos, me permite planificar el puto movimiento que realizo cada vez que tengo que teclear otra letra, calcularlo y hacerlo. Incluso podría decir que mis dedos recuerdan la posición de cada letra en el teclado, y en realidad mis dedos no recuerdan nada, ¡es mi puto cerebro otra vez! Y no conforme con eso, ¡encima utilizo un lenguaje, una expresión y un contenido coherentes!
Sí... ¿Cómo ha podido la gente aceptar eso tan rápidamente? A mí todavía me resulta increíble y más si lo pienso... Pero alguna explicación tenía que tener.
Y he aprendido todo eso gracias a mi cerebro. ¿Cómo puede ser que el cerebro sea capaz de hacerme sobrevivir diariamente y no se dé cuenta de que la información que procesa atañe a sí mismo? Es el mismo efecto que mirarse al espejo por primera vez. Yo no recuerdo la primera vez que me miré en un espejo y supongo que nadie lo hace a no ser que sea alguien rescatado de una jungla en la que ejercía de niño de la selva. Pero sé que puede impactar y mira sino a los pobres perros, que son incapaces de entender que aquello que ven reflejado son ellos mismos. ¿Cómo no nos volvemos locos al descubrir el gran secreto sobre nuestro funcionamiento? El cerebro pensó en todo menos en autodestruirse al verse reconocido a sí mismo. La filogenética no decidió que era mejor que el ser humano nunca descubriera por qué era capaz de hacer todo lo que era capaz de hacer. Pensar en decisiones en este sentido implica un supuesto demasiado religioso o místico.
Se me va la olla, ¿verdad? Pues ahí tienes otra referencia al tema del que hablo. Quizás sí que me he vuelto loca de verdad y lo que me extraña que no haya ocurrido en realidad sí lo ha hecho. Lo cierto es que me estoy mareando... ¡Qué dolor de cabeza, coño!
sábado, 26 de marzo de 2011
Sueño de vías, ferrocarriles y tú
Cogimos el tren. Un tren nuevo pero que recordaba como rutinario. De toda la vida. Otro día más lo cogíamos juntos. Algo extraño pasó entonces. El tren avanzó un poco y se detuvo. Tú bajaste a tomar el aire, en el exterior, justo enfrente de la boca que separaba la estación cubierta del comienzo del camino de vías. Había plantas y hacía un sol extraordinario, un clima perfecto de primavera. Parecía que tenía sentido abandonar el tren, por eso no vi raro que bajaras del vagón momentáneamente, antes de que volvieran a arrancar. Era como si el tren tuviera problemas de última hora. Todo eso es lo que parecía, pero el tren arrancó. Y yo, que me encontraba dentro, vi como me alejaba de ti sin remedio. Vi como me separaba de ti como si el viaje hasta la siguiente parada tuviera que ser eterno. Como si nunca jamás fuera a reencontrarte. Te echaba de menos mientras te veía pequeño. A lo lejos. Tu cara de preocupación me lo dijo todo. Mi corazón me dolió y me sentí asustada. Menuda exageración.
Tenía que aceptar que durante un tiempo indeterminado, no te iba a ver. ¿Cuánto tiempo tenía que pasar? La situación podía ser desesperante. No recuerdo qué hice entonces. Creo que, después de darme cuenta de lo locamente enamorada que llegaba a estar de ti, me senté a esperar la siguiente estación, donde iba nuevamente a esperar a que vinieras. Y eso hice. La siguiente estación daba al exterior, el día no había cambiado, pero ya no me parecía tan bonito como antes. Creo que durante unos instantes no me acordé de por qué me bajaba si yo tenía que seguir con mi recorrido. Mi mente está loca en este tipo de situaciones. Pero caí enseguida en la cuenta. Te esperaba a ti. Lo curioso es que, tan dramático que me había llegado a parecer todo aquello, se solucionó de una forma muy sencilla. El siguiente tren llegó y en él ibas tú. Volví a estar contigo y me olvidé de haberme olvidado por unos instantes. Me olvidé de haberme visto forzada a ser fuerte, sola. Me olvidé del dolor que había sentido mi corazón al perderte. Te tenía conmigo.
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