Cuando me aficioné al sabor de su boca fue cuando caí en la cuenta de que, tal vez, me estaba enamorando. No porque estuviera besando a quien, para mí, era el chico más guapo del mundo, sino porque ya sabía perfectamente que sus formas me atraían. Pero he de reconocer que a menudo me desconcertaba con su empeño por disfrazar verdades y verificar mentiras. En fin, una auténtica tentación en cada rincón de su ser. Quizás fue desear lo prohibido...
No hay comentarios:
Publicar un comentario